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¿Por qué  musicoterapia en el proceso de niños que han vivido experiencias traumáticas?

REFLEXION SOBRE MI TRABAJO COTIDIANO CON NIÑOS EN SITUACION DE RIESGO DE EXCLUSION SOCIAL

Hay niños que antes de hablar, casi de saludar, entran en la sesión de musicoterapia sonando. Si no escuchas, si no permites que todo eso que suena (tensión, nerviosismo, inquietud, descarga, deseo,…) lo compartan, no podemos coincidir, ni vincularnos, ni comunicar, ni elaborar nada.

Ante la dispersión del niño, la falta de control sobre sí mismo, los nervios, aparece la estructura de la música. La música es tempo, es ritmo, es pulso,… no solo aparece como estructura sino que la ofrece y posibilita. El niño/a puede depositar sus sonidos en un objeto intermediario, en este caso un instrumento musical. A esas primeras notas o agrupaciones musicales  que suenan desde un instrumento elegido por él, puedo ir dándole forma, recogiendo sus sonidos, repitiéndolos y haciéndoles espejo, en definitiva, dotándolos de estructura.

En resumen, permitir que el niño,  jugando con sus propios sonidos, de diferentes maneras, pueda tener control  y ganar seguridad.

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Como dice Patxi del Campo “la música puede ser una llave para entrar en relación”. Ante la dificultad de crear vínculos, establecer lazos, aparece la música con su potencial socializador, como intermediaria. El niño/a trae su música, sus canciones que, muchas veces, pueden hablar de él ampliando sus propias palabras. Su música le aporta confianza y facilita compartir  y expresar en un espacio que se vuelve más íntimo, cálido y conocido.

Sin ser invasora, ni agresiva, ni forzar, aparece la música como medio de expresión. Cuando compone una canción o cuando crea una música o cambia la letra de una canción conocida haciéndola suya y poniendo sus propias palabras, su historia, su narración, el niño va ganando identidad y poder sobre sí mismo y sobre el medio. La creación musical le abre y genera posibilidades nuevas respecto a sí mismo y sobre todo le hace sentir protagonista de su propia vida.

Después de trabajar con todas las necesidades anteriores, aparece la necesidad de reparar la propia historia. Ante una historia de dolor, donde el niño se siente indefenso, vulnerable y sin recursos,  la música rescata todo su potencial creador, le da el poder y el valor de, por un lado, reconstruir su historia como dice Jorge Barudy y, por otro, ir construyendo el presente.

Marta Nieto (psicóloga y musicoterapeuta en el Centro IMAP)

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